—¡Mío! —Silvina levantó la cabeza, erizada, mirando a Leonel.
—Yo lo agarré primero —respondió Leonel, arqueando las cejas a propósito.
A él simplemente le encantaba ver a Silvina enojada; cuando se enfurecía de esa manera, era increíblemente adorable.
—¡Tú ya tienes un plato entero! —protestó Silvina. Ella solo había frito una pequeña fuente de carne; no había remedio, en la mansión toda la vajilla era tan delicada y artística que no existían platos grandes.
La gente de Inochi y Lunaris comía