El Hombre del Pasillo.
El teléfono sigue en la mano de Alaric. La pantalla iluminada, número desconocido.
Lo miro a él, él me mira a mí, y en ese mirarse hay algo que no estuvo antes en toda la historia.
No es el peso de los documentos, no es la urgencia de los plazos. Es otra cosa.
Más fría, más directa, del tipo que no tiene solución legal en cuarenta y ocho horas.
—¿Qué dijo exactamente? —pregunto.
—Que si Vidal sigue hablando la próxima vez no van a manipular documentos. —Pausa—. Y después dijo tu nombre.
—¿Solo