AURORA
El hombre no se sentó. Ni siquiera fingió ser educado. Se quedó de pie cerca del mostrador con los brazos cruzados, recorriendo lentamente la galería con la mirada, como si ya estuviera decidiendo qué se llevaría primero si las cosas salían mal. Me puso los pelos de punta.
Este lugar no eran solo paredes y cuadros. Era la vida de mi tía. Cada grieta en la pared, cada estante desnivelado, cada rincón polvoriento representaba años de esfuerzo.
"Ya he esperado suficiente", dijo. Su voz era áspera, cansada y enfadada. "Quiero mi dinero hoy".
Mi tía permaneció rígida a mi lado. Podía sentir la tensión en su cuerpo sin siquiera mirarla. No dijo nada, pero su silencio gritaba pánico. Sabía que no tenía el dinero. Si lo tuviera, este hombre no estaría allí.
"Por favor", dije en voz baja, dando un paso al frente. "Solo danos un poco más de tiempo".
Me miró como si lo acabara de insultar. "El tiempo no paga las deudas".
Tragué saliva. Tenía las palmas sudorosas. No había planeado este mo