Veinticinco

Axel permaneció unos segundos más en la puerta, sin moverse. La voz de Catalina seguía resonando en su mente, esa mezcla de ternura y melancolía que había escuchado mientras hablaba con la pequeña Mavie. No recordaba la última vez que una conversación —ni siquiera propia— le había provocado algo parecido a calma.

Por un instante, sus ojos se suavizaron, como si el hielo que los dominaba comenzara a resquebrajarse. Pero apenas sintió el temblor en su interior, se obligó a volver a su habitual fr
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