Catalina estaba en el balcón, con las piernas cruzadas sobre la silla y la mirada perdida en el horizonte. El sol caía con lentitud sobre los jardines de la mansión Fort, tiñendo de oro los muros fríos y silenciosos. Aquel lugar era demasiado grande, demasiado vacío. No importaba cuántos metros tuviera ni cuán majestuosa fuera su fachada; la soledad seguía siendo el único sonido constante.
El aire tibio jugaba con su cabello suelto, y por un momento, Catalina imaginó cómo sería su vida si nunca