El reloj de la mansión marcaba las dos en punto cuando el rugido de un motor de alta gama rompió el silencio en el exterior. Axel Fort había llegado. Las puertas se abrieron con rapidez y los guardaespaldas, de manera mecánica, formaron una línea discreta. El hombre descendió con paso firme, su traje oscuro contrastando con el resplandor del día. Su mirada, helada e imponente, se deslizó sobre cada rincón como si fuera dueño no solo del espacio, sino también del aire que se respiraba.
Al ingres