VEINTICUATRO

El reloj de la mansión marcaba las dos en punto cuando el rugido de un motor de alta gama rompió el silencio en el exterior. Axel Fort había llegado. Las puertas se abrieron con rapidez y los guardaespaldas, de manera mecánica, formaron una línea discreta. El hombre descendió con paso firme, su traje oscuro contrastando con el resplandor del día. Su mirada, helada e imponente, se deslizó sobre cada rincón como si fuera dueño no solo del espacio, sino también del aire que se respiraba.

Al ingresar al salón principal, Viviana se apresuró a recibirlo con una leve reverencia.

—Señor Fort, el almuerzo está listo —informó con su habitual tono servicial, aunque había en su mirada una sombra que no pasó inadvertida.

Axel asintió y, sin necesidad de levantar demasiado la voz, ordenó:

—Llama a Catalina. Dile que baje a almorzar.

La ama de llaves inclinó ligeramente la cabeza y se retiró. Sabía que contradecir o demorar una orden del señor Fort era casi un pecado en esa casa. Sin embargo, delegó
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