Había pasado casi toda la mañana acostada sobre la cama, sin moverse demasiado, sin ánimos siquiera de explorar aquella casa que parecía más un mausoleo que un hogar. Las paredes blancas, los pisos de mármol y el silencio opresivo hacían eco con cada pensamiento que atravesaba su mente. Se sentía atrapada, como si cada rincón de aquella mansión perteneciera a Axel y, por ende, su propia libertad se hubiese reducido a metros cuadrados delimitados por sus caprichos.
Golpearon la puerta suavemente.
—Señora Fort, el desayuno está servido —anunció una voz femenina del otro lado.
Catalina se quedó inmóvil por unos segundos. Aquella palabra… Señora Fort. No importaba cuántas veces la escuchara, aún le sonaba ajena, como si hablara de otra persona. Finalmente se levantó, frotándose el rostro con ambas manos, intentando convencerse de que debía mantener la compostura.
Caminó hacia el armario y escogió unos pantalones beige y una camisa rosa. Nada ostentoso, solo algo que le permitiera sentirse