Había pasado casi toda la mañana acostada sobre la cama, sin moverse demasiado, sin ánimos siquiera de explorar aquella casa que parecía más un mausoleo que un hogar. Las paredes blancas, los pisos de mármol y el silencio opresivo hacían eco con cada pensamiento que atravesaba su mente. Se sentía atrapada, como si cada rincón de aquella mansión perteneciera a Axel y, por ende, su propia libertad se hubiese reducido a metros cuadrados delimitados por sus caprichos.
Golpearon la puerta suavemente