El mundo de Catalina dejó de tener forma.
No había arriba ni abajo, no había tiempo ni lógica. Solo dolor.
Un dolor que no pedía permiso.
Un dolor que arrasaba.
Su cuerpo temblaba violentamente sobre la camilla improvisada mientras las contracciones llegaban una tras otra, sin darle tregua, sin dejarle respirar. Cada una era más intensa que la anterior, como si algo dentro de ella estuviera desgarrándose sin compasión.
—¡No…! —jadeó, con la voz rota—. ¡Por favor… basta…!
Pero el dolor no