Antonio apretó los dientes, la mandíbula tensa. Maldijo en voz baja, una maldición envenenada, dirigida al destino, a su primo, a todo. Dio un golpe seco a la mesa con el puño cerrado, el cristal vibró, pero no se rompió, mientras caminaba por toda la habitación.
—¡Ulises! —rugió Antonio, girándose bruscamente hacia el hombre que esperaba en el umbral de la puerta.
—¡Llévate a Aurora de aquí ahora mismo! ¡Antes de que ese maldito de Dante llegue!
Ulises asintió con frialdad. No necesitaba expl