La luz era tenue, filtrándose apenas por una pequeña ventana con barrotes oxidados. El aire olía a humedad, sangre seca y traición. Dante estaba sentado en una vieja silla de madera, sus muñecas esposadas con fuerza al respaldo, los nudillos cubiertos de costras. La comisura de sus labios estaba partida y aún sangraba. Pese al dolor, su mirada seguía encendida con furia.
La puerta chirrió lentamente y el eco de unos pasos lentos y calculados llenó el espacio. Vittorio Rossi entró con una calma