Dante conducía con firmeza, sus manos sujetaban el volante con destreza mientras el motor rugía bajo sus pies. La tardé caía sobre la ciudad, y las luces de los faroles iluminaban el camino con destellos dorados. A su lado, Aurora lo miraba de reojo, con una sonrisa que no había visto en ella en mucho tiempo.
Dante aprovechó un semáforo en rojo para girar el rostro y atrapar sus labios en un beso intenso, uno que le robó el aliento. Aurora correspondió sin dudar, su risa suave escapándose entre