El aire en la habitación era denso, impregnado de un olor rancio a humedad y metal oxidado. Dante sentía la opresión de las ataduras en sus muñecas, la cuerda áspera clavándose en su piel. Frente a él, Aurora yacía inconsciente sobre una silla de madera desvencijada, su respiración pausada y tranquila contrastando con la tensión que cargaba el ambiente.
El hombre gordo, de manos gruesas y movimientos torpes, se inclinó lentamente hacia ella con una sonrisa ladina, sus dedos gruesos deslizándos