Cerró los ojos un instante, fracciones de segundos le pareció, sin embargo, al abrirlos de nuevo, ya había amanecido. La luz del día penetraba de lleno su habitación colándose por las ventanas descubiertas. Se removió mientras estiraba sus extremidades. La cabeza ya no le dolía, tampoco su mano, aunque seguía notándola dos veces más grande de su tamaño habitual. De cualquier manera no le perjudicaría el buen ánimo, se pensó que debía ingerir pastillas al menos por unos días, por si llegara a se