9. El Precio del Secreto
El amanecer no trajo alivio.
Me desperté con los músculos tensos. El recuerdo de la biblioteca aún me recorría la piel: el roce calculado de sus dedos, el susurro en mi oído, la cercanía peligrosa que había contenido más que un beso. Max no había cruzado la línea, pero había sabido trazarla demasiado cerca.
¿De qué tienes más miedo? ¿De la oscuridad... o de mí?
No lo sabía.
Me levanté y abrí el armario. Elegí una blusa de seda beige, pantalones negros y tacones medianos. Neutral, pero con filo.