77. Amor Envenenado
El cuchillo brilló bajo la luz tenue del generador de emergencia mientras Isabela lo alzaba lentamente, casi ceremoniosamente. Sus ojos tenían ese brillo enloquecido que había visto en las fotos que Santiago nos había mostrado, pero verlo en persona, a menos de dos metros de distancia, era mil veces más aterrador.
—Alejandro tiene razón —murmuró con voz distorsionada por la obsesión—. Si no puedo tenerte, Max, nadie podrá hacerlo.
El sonido de las sirenas se hacía cada vez más fuerte, acercándos