12. La Jaula Dorada
—Isabela, cállate. No sabes lo que haces —siseó Max, su rostro una máscara de furia pálida.
—¡Oh, sí lo sé! —gritó ella—. Sé que este bebé te hace perderlo todo. ¡Lo sé todo sobre la cláusula, Max! ¡Y ya no me importa!
Max se congeló. La revelación pública de la cláusula era su ruina total.
—Pero no voy a dejar que me hundas sola —continuó Isabela, su voz quebrándose, pero sus ojos fijos en mí—. ¡Ella me empujó!
Mi sangre se heló.
—¿Qué?
—¡Lorena me vio en el baño y me amenazó! —sollozó Isabela,