13. Prisionera
Las puertas se abrieron al estacionamiento subterráneo. El aire olía a cemento y gasolina. Nuestro auto nos esperaba, con el chófer de pie junto a la puerta trasera, su rostro cuidadosamente neutral.
—Dame tu teléfono —ordenó Max, extendiendo la mano.
Me aferré a mi pequeño bolso. Era mi única línea de vida.
—No.
Su mandíbula se tensó. Con un movimiento rápido, me agarró la muñeca y con la otra mano me arrancó el bolso. Lo abrió, sacó mi teléfono y lo guardó en el bolsillo interior de su chaquet