El sábado siete de septiembre el cielo de Madrid amanece sin una nube.
Leo lo sabe desde las siete y cuarto porque a las siete y cuarto ya está despierto y mirando por la ventana con la atención de alguien que lleva días esperando verificar algo.
Camila entra al cuarto a las siete y media.
Leo no se gira. Tiene el cuaderno abierto sobre las rodillas y el crayón en la mano y la postura de quien está haciendo dos cosas a la vez: mirar el cielo de septiembre y anotar lo que hay que anotar del ciel