-Que linda pancita- dijo uno de los hombres, burlándose de mí y acariciando mi barriga.
Yo me retorcí asqueada cuando sentí el tacto de una mano fría y rasposa que no era la de mi esposo acariciar descaradamente mi vientre como si tuviera el derecho.
Me habían atado de pies y manos, sentí el dolor en mis muñecas y en mis tobillos como aquella vez en la sucia fábrica, pero ahora no estaba en condiciones de soportar ese trato, no con una criatura a cuestas.
La camioneta se movía a gran velocida