- ¡Vamos niño! - Le gritó Pablo a su hijo mientras bajaba las peligrosas y rotas escaleras de metal de la fábrica que rechinaban oxidadas con el niño en brazos, que no paraba de llorar y de retorcerse encima suyo, queriéndose liberarse de las garras del tirano hombre.
-¡Quiero a mami quiero a mami!- pedía el niño una y otra vez, casi sin dejar tiempo a que el aire entrase a sus pulmones poniendo su rostro casi morado.
Pablo también estaba rojo, pero de la ira, aturdido por los gritos agudos