-¡Señorita Hamilton tranquilícese!- fue lo que escuché que me gritó la maestra que había entregado en bandeja de plata a mi hijo.
Yo no había dado el permiso de retirar del colegio a mi hijo a nadie más que yo misma, ni siquiera Nicolás estaba autorizado, por eso no entendía cómo había dejado que pase eso.
Corrí hasta la estación de policía que estaba a unas cuadras, sentía que no me entraba el aire a los pulmones a cada paso que daba.
Entré hecha un remolino y corrí hasta el mostrador, do