Finalmente llegamos a nuestra casa, ahora podía sentirla como mía sin pensar que todo era una mentira. Apenas mi niño bajó del vehículo corrió hacia la vereda y quedó boquiabierto con lo grande que era el lugar, nunca había estado en una casa de ese tamaño, que además tenía una bonita entrada y una energía familiar.
-¡Es un castillo!- gritó y corrió hacia la entrada
Ambos, mi esposo y yo, nos miramos divertidos por la emoción del niño.
Nicolás corrió detrás de él y lo alzó, haciéndolo girar en