Han sido días horribles. Nos han quitado absolutamente todo: la casa, las propiedades, incluso la dignidad que alguna vez creímos invulnerable. Cada rincón de la vida que conocíamos se ha desmoronado. Mi padrino Miguel, un hombre bondadoso que siempre estuvo ahí en los momentos difíciles, nos ofreció vivir con él. Pero tanto el orgullo de mi padre como el mío son demasiado grandes para aceptar su ayuda. A veces me pregunto si este orgullo es un refugio o simplemente otra forma de castigarnos a