Estaba saliendo de la iglesia, con el corazón roto y la mente nublada, cuando sentí que alguien me agarraba del brazo. Me giré y vi que era mi padre, Andrés. Su expresión era seria, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
—Vi que Livia salió detrás de ti —dijo él, sin rodeos—. ¿Ella te hizo llorar?
Traté de tragar el nudo en mi garganta y apartar la mirada, incapaz de sostener sus ojos.
—Me quiero ir, papá —le dije, con la voz apenas un susurro.
Él frunció el ceño, claramente molesto.