Al ver a Omar, sentí el nudo en mi garganta apretarse más. No podía dejar que ellos me vieran así. Rápidamente limpié mis lágrimas con las manos, intentando recomponerme. Entonces, Elena, con esa sonrisa cínica que tanto detestaba, se acercó a mí, extendiendo los brazos como si nada hubiera pasado.
—Hermanita, estás llorando de la emoción... —dijo, su tono lleno de falsedad mientras me abrazaba.
Su cercanía me revolvía el estómago, pero me quedé inmóvil. Apenas podía soportar la ironía de s