Estaba en el baño, arremangándome la camisa mientras intentaba mantener a Omar quieto en la bañera. El pequeño no dejaba de chapotear, salpicando agua por todos lados, riendo a carcajadas cada vez que me empapaba un poco más.
—Omar, quédate quieto un momento, por favor —le pedí, tratando de sonar autoritario, pero sin poder evitar sonreír ante su entusiasmo.
—¡No quiero, papá! —respondió entre risas, lanzando una vez más agua hacia mí con sus manos pequeñas—. ¡Es divertido!
Suspiré, rendido