Capítulo sesenta y seis

El hipódromo había quedado atrás y la tarde seguía siendo agradable.

Emilio no le había dicho adónde iban a continuación. Parecía ser su método preferido: decirle que se subiera al coche, conducir y dejar que el destino se revelara por sí solo. Ella había dejado de preguntar tras la tercera curva. Se sentó en el asiento del copiloto, observó el paisaje y dejó que fuera una sorpresa.

Cuando el edificio apareció a la vista, se enderezó.

Era más antiguo que el hipódromo: piedra blanca, entradas en
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