Llegamos al hospital aproximadamente una hora después. El viejo edificio blanco, con sus grandes ventanales, seguía igual que lo recordaba. Lo miré desde dentro del coche, con el corazón latiendo con fuerza. Este era el lugar donde solía trabajar. Donde pasaba noches sin dormir, salvando vidas, llorando en el baño y riendo en la cantina. El lugar donde solía ser yo misma.
Luca tomó mi mano. —¿Estás bien?
Asentí. —Solo lo extraño.
—Vamos.
Me ayudó a bajar del coche. Caminamos hacia la entrada de