—Déjalos mirar —susurró Luca en mi oído—. Que todos sepan que eres mía.
Siguió moviéndose, rápido y profundo. Me mordía el labio, tratando de contener los gemidos, pero cada embestida me lo hacía más difícil. Mis manos se aferraban al muro de piedra frente a mí, mis uñas casi se rompían por la dureza de la piedra.
—Camila, no los contengas. Quiero oír tu voz.
—Pero…
—No hay peros.
Aceleró el ritmo. Perdí el control.
—AAHH… LUCAAA… AAHH…
—Sí, así.
Se volvió más rápido. Yo gritaba más fuerte. Ya