Me sobresalté y mis ojos se encontraron con los suyos, fríos y azules. Pude ver cómo se tensaba su mandíbula, cómo apretaba los puños a los costados de su cuerpo. Lo sabía, o al menos lo sospechaba.
—A nadie —respondí.
Intenté sonar tranquila, aunque mi corazón latía como si fuera a estallar.
—No me mientas. Te vi desde la ventana. Caminaste hacia el rincón de las caballerizas como si escondieras algo. Hablabas por teléfono con el rostro tenso, y luego lloraste.
—No es nada de lo que debas preo