El grito desgarró el silencio de la madrugada como un cuchillo rasgando seda. Valeria despertó sobresaltada, su corazón martilleando contra sus costillas. Desde su ventana, vio las luces del garaje encendidas y sombras moviéndose con urgencia militar.
Algo había pasado. Algo grave.
Se puso una bata sobre su camisón y salió al pasillo, donde encontró al ama de llaves con el rostro pálido como la cera.
—Señorita Montes, por favor regrese a su habitación —suplicó la mujer mayor—. No es seguro...
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