La noche caía sobre la ciudad como un manto de terciopelo negro. Aleksandr contemplaba el horizonte desde su despacho, con una copa de vodka en la mano y el ceño fruncido. Los informes sobre las actividades de Iván se habían multiplicado en las últimas semanas, pero nada lo había preparado para lo que estaba a punto de suceder.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era Luka.
—Jefe, tenemos problemas en el almacén del puerto.
Aleksandr apretó la mandíbula. —¿Qué tipo de problemas?
—Fuego. Mucho fuego.