La noche caía sobre la ciudad como un manto de terciopelo negro. Valeria observaba desde la ventana del despacho de Aleksandr cómo las luces urbanas competían con las estrellas, creando una constelación artificial que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de una mujer que ya no reconocía del todo: más fuerte, más cauta, con una mirada que había visto demasiado.
Detrás de ella, Aleksandr hablaba por teléfono en ruso, su voz un susurro tenso que