La mañana llegó con una luz gris que se filtraba a través de las cortinas del hospital, iluminando el rostro de Valeria mientras ella permanecía sentada junto a la incubadora de Sofía. Sus dedos trazaban círculos suaves sobre el vidrio transparente, como si con ese simple gesto pudiera transferir toda su fuerza a la pequeña criatura que respiraba del otro lado. La bebé había mejorado milagrosamente en los últimos días, sus signos vitales estabilizándose, su corazón frágil latiendo con un ritmo que los médicos habían comenzado a llamar "esperanzador."
Pero la esperanza era un lujo que Valeria ya no podía permitirse.
Viktor Kozlov estaba libre. Las palabras resonaban en su mente como un mantra oscuro, recordándole que el peligro nunca había terminado realmente. Solo se había transformado. El monstruo que la había perseguido, que había diseñado su vida como un experimento cruel, que había implantado a Sofía en su vientre con propósitos que aún la aterrorizaban, ahora tenía la muestra de