La oscuridad no era un vacío, era una marea de sensaciones ajenas que golpeó la mente de Sia antes de que sus ojos lograran enfocarse. No despertó en el abismo de luz roja, sino sobre un suelo de piedra lisa, tibia al tacto, en una sección inferior de la cueva donde el aire ya no olía a flores dulces, sino a ozono y humedad. A su lado, el cuerpo de Valerius ocupaba casi todo el espacio disponible. El Alfa soltó un quejido ronco y, en ese mismo instante, Sia sintió un pinchazo agudo en su propia