Sia apretó la frente contra el pecho de Valerius durante unos segundos más, buscando la calma en el ritmo de los latidos del corazón del hombre. La calma duró poco. El frío de la montaña se le metió por la ropa y el ardor en el antebrazo derecho le dio una punzada tan violenta que la hizo soltarse del abrazo con una mueca de dolor.
—Ya estuvo bueno de discursos —dijo Sia, frotándose la piel sobre la manta mientras trataba de recuperar el aliento—. Si esa luz violeta sigue creciendo en la playa,