El grito del heraldo resonó en las paredes de la torre oeste ahogando la respiración de todos los presentes. Valerius soltó la manta que cubría a Sia y avanzó tres pasos hacia el mensajero, apretando la mano sobre el puñal que llevaba en el cinto. La claridad del amanecer entró por las ventanas peladas y dejó al descubierto un cielo raro: nada del azul bonito de verano, sino un plumazo gris cruzado por rayas púrpuras que parpadeaban.
—Repite lo que acabas de decir antes de que te tire por el