El frío del mar inferior penetró en los poros de Valerius con la fuerza de un castigo divino, pero el dolor físico no era nada en comparación con el pánico que atenazaba su pecho al ver cómo la distancia entre su mano extendida y el cuerpo de Sia aumentaba con cada segundo. El agua salada le escocía en los ojos abiertos, obligándolo a enfocar la mirada a través de una penumbra azulada y distorsionada. Allí abajo, los filamentos de la red de plata mística resplandecían como hilos de fuego frío,