51. Estúpida declaración
Caius sintió cómo la furia le subía por su garganta.
Melina se llamaba aquella hembra que él apenas recordaba su nombre porque nunca le había importado, yacía ahora en el suelo del salón principal, rodeada por una curandera que intentaba detener la hemorragia de su herida.
El corte en su abdomen era profundo, limpio, deliberado.
No había sido un ataque de un enemigo en el bosque.
No había olor a sangre ajena, ni a lucha, ni a miedo real.
Solo el aroma metálico de su propia herida autoinfligi