46. No olvides nunca quién marca tus límites
Lana de repente lo empujó mostrando la ira que tenía acumulada por el reciente suceso.
—¡Eres un maldito animal! ¡Un cobarde! ¿Eso era necesario?
Eryx la miró con la mandíbula apretada.
—Sí. O eso… o ver cómo te azotaban en la plaza.
—Prefería los azotes antes que arrodillarme ante ti.
Él caminó hacia ella con los ojos ardientes.
—A menudo pienso contigo arrodillada, pero no de esa forma, cachorra.
La tensión volvió a arder y Lana lo miró horrorizada aunque sus palabras habían removido algo por