El silencio que siguió a la condena moral de Ethan fue absoluto, ya no era el silencio de la tensión, sino el de la rendición, Aiden permaneció inmóvil en el suelo, su rostro gris bajo la luz espectral que se filtraba a través de las formaciones de la Ciudad de Piedra, Había cedido su autoridad, no por la fuerza física, sino por el peso ineludible de la verdad que había sido arrancada, el orgullo, que había sido su armadura, se había desmoronado, dejando al descubierto un miedo profundo que ni