El sol de Nueva York caía sin piedad sobre la obra, enviando ondas de calor a través de las losas de hormigón y las vigas de acero. Scott Millhone se secó la frente, tirando del cuello de su camisa blanca impecable, ya húmeda de sudor. El sitio bullía de actividad, las máquinas rugían, los martillos golpeaban, y un coro de voces gritaba instrucciones de un lado a otro. Él se movía con determinación, portapapeles en mano, sus ojos escaneando los planos, verificando cada medida y anotación.
"¡Esc