La oficina de Marcus olía a aire frío y colonia, agudo, masculino, un poco intimidante. Hizo un gesto hacia la silla frente a él tan pronto como Jasmine entró, su rostro esculpido en esa expresión severa e indescifrable que siempre usaba cuando alguien estaba en serios problemas.
“Siéntate.”
Jasmine tragó saliva, su estómago tenso, sus palmas frías. Se dejó caer lentamente en la silla, tratando de hacerse pequeña, invisible, cualquier cosa menos el centro de atención.
Marcus se cruzó de brazos.