Silencio y Vino

La mansión estaba en silencio. El eco de la cena, la tensión, la ira, todo persistía en la mente de Dante mientras entraba en la sala de estar vacía. El candelabro de arriba arrojaba pálidos reflejos sobre los pisos pulidos, pero el espacio se sentía frío, distante. Naya se había ido. ¿Y su padre? Andriano se había retirado a su estudio hacía mucho tiempo, dejando a Dante con un vacío persistente que no podía sacudirse.

Caminó por la casa, buscando a su amigo. Llegó al salón de arriba, empujó la puerta en silencio. Leonardo estaba sentado en el sillón junto a la chimenea, con una copa de vino tinto oscuro en la mano.

“Hola,” dijo Leonardo simplemente, sin levantar la vista de su copa.

“Hola,” respondió Dante, con voz baja, mientras se acercaba y se acomodaba en el sillón a su lado. La habitación olía ligeramente a roble y al persistente aroma a vino.

Se sentaron en silencio por un momento, escuchando el suave crujido del fuego. Dante finalmente lo rompió, su voz más cortante esta vez.
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