—Despierta, ángel —escucho decir a Alex, mientras besa mis labios. Ronroneo, me estiro, pero no abre los ojos; no quiero despertar—. Te traje tu dosis de cafeína de la mañana —lo ignoro—. ¿Tengo que usar otra técnica para despiertes? —pregunta, mordiendo mi labio inferior.
—Mmm... Usa esa técnica —hablo agarrando su labio, atrayéndole hacia mí.
—Es una pervertida, señorita Rinaldi.
—Solo has que despierte, sin hablar —le propongo.
Lo encarcelo con mis piernas por sus caderas. De su boca se esca