Abrí mis ojos muy despacio y la fuerte puntada en mi cabeza, me hizo cerrarlos de nuevo. Maldije entre dientes. Lo hacía cuando despertaba con resaca y siempre hacía la misma promesa absurda: No bebo más nunca. Pero jamás la cumplía.
Volví a abrir los ojos para mirar mi entorno.
La habitación estaba oscura. Solo un pequeño rayo de sol se colaba por la ventana y aportaba una mínima cantidad de iluminación. La suficiente para detallar que el cuarto era pequeño, de unos cuatro por cuatro metros. H