La carretera había quedado atrás como una cinta gris y ordenada. El coche había cruzado las últimas aldeas, y cuando Isabel miró por la ventana la campiña desplegada con la serenidad de quien no sabe de tragedias, creyó por un segundo que el aire del pueblo iba a limpiarla por dentro. Valentina había conducido con esa seguridad glacial que le gustaba mostrar —los dedos prendidos al volante como si sujetara un cetro—, y en el asiento del copiloto había hablado con una voz medida, llena de esa ef