El motor del auto tragó los metros con la puntualidad de quien no tiene derecho al error. Marco conducía sin prisas aparentes, pero con la concentración de un hombre que sabe leer atajos y tiempos; el paisaje de la sierra madrileña corría fuera como una acuarela que se estiraba: lomas, encinas, muros de piedra, tramos de autovía brillando al sol. Isabel dejó que su mirada buscara el horizonte para que el mareo del miedo no le atravesara la cara. Tenía el bolso apretado contra su costado —pequeñ