La habitación había quedado encapsulada en un tiempo que no existía para el resto de la casa. Sobre la mesita, una taza de té medio vacía había formado un anillo oscuro en la madera; el aroma agrio de la bebida llenaba el aire y se pegaba a la garganta como una verdad que no se podía tragar.
Isabel tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la nariz roja de tanto limpiársela. Se había instalado en un sillón, al lado de la cama de su madre, sujetándole la mano, la cual aún estaba algo tibia, aun