꧁ ALEJANDRO꧂
Salí de la casa casi volando, con la furia todavía como un motor encendido bajo la piel. Había decidido que no podía pasar ni un segundo más en ese lugar: si me quedaba una hora, una sola hora, estaba seguro de que iba a traspasar una línea que no debía. Tenía que airearme, pensar con la cabeza fría, retomar mi plan. Abrí la puerta de mi auto con la misma brusquedad con la que hubiera roto un espejo y me subí. El frío del volante me dio un golpe de realidad; apreté la llave, giré…